el taller, nuestra selva
ateliermadera nace en un lugar que me enseñó a mirar.
A principios de los años 90, mis padres compraron un terreno sin un solo árbol en las afueras de una ciudad tropical de Bolivia. Entre 1990 y 1995 plantaron más de cincuenta especies endémicas para crear un ecosistema propio. Ese bosque —que creció con nosotros— es hoy la base de mi práctica.
Allí está mi taller, rodeado de sombra y de madera que cae con los años. Pasamos los días siguiendo los tiempos de cada pieza y aprendiendo de la materia: cómo responde, cómo se curva, cómo guarda memoria. Conviven con nosotros monos, perezosos, aves, carachupas y más silencios que ruidos.
El estudio, en cambio, se encuentra dentro de una casona de 1920: muros de barro de sesenta centímetros, aleros generosos y columnas de maderas históricas. Un espacio detenido en el tiempo, protegido por raíces y animales, donde la arquitectura respira como un organismo vivo.
De este encuentro —bosque, casa, tiempo— nace mi forma de trabajar: una práctica que observa, escucha y responde. Este origen no es solo una historia personal. Es la raíz de mi sensibilidad y la base desde la cual diseño.